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El 30 de enero el diario La Nación publicó un extenso editorial bajo el título de "Periodismo infame".
En sus primeras líneas el editorialista aclara que no se trata de una respuesta (a una publicación de Diario Extra), sino más bien una denuncia “del periodismo puesto al servicio de intereses inconexos”.
A continuación establece una serie de “hechos comprobados” que el editorialista contrasta con las conclusiones derivadas de la “perversión del periodismo” y desplegadas en un titular de primera plana.
El editorial de La Nación es inusual. Pocas veces un medio de comunicación señala con epítetos como “infame” y “perverso” la práctica periodística de otro. Sin embargo, en este caso es entendible.
El diario sintió un ataque a mansalva, sin fundamento y malintencionado que daña la moral y reputación de una familia, que de paso es accionista del medio.
Cuestiona los intereses a los que obedece la publicación y sobre todo, la pobre o más bien nula rigurosidad periodística para plantear la noticia con profundidad, seriedad y equilibrio.
Tan bajo cae el medio en su quehacer profesional en este caso, que el editorialista de La Nación advierte desde el inicio su indisposición para descender a los bajos niveles de infamia de quienes ejercen esta distorsión del periodismo en un intento por arrastrarlos a los “chiqueros” del periodismo infame.
Hago este extenso recuento, porque lo peor de todo este asunto es que este tipo de periodismo infame lo vivimos a diario.
Muchos de los propios lectores de La Nación reclamaron en los comentarios que generó el editorial, los titulares e informaciones tendenciosas del periódico, ahora ofendido.
El Diario Extra tiene por práctica común publicar fotografías que revictimizan a las familias de personas que pierden la vida en hechos violentos.
La Teja utiliza a la mujer como objeto para vender sus ediciones; una práctica mercantil bastante cuestionable bajo los estándares de la responsabilidad social de los medios y su papel como formadores de opinión.
Pérdida de rigurosidad
Tanto periódicos impresos como digitales, Telenoticiarios y programas de noticias radiales incumplen un día sí y otro también las reglas básicas del periodismo; esto es, el uso de fuentes y una adecuada utilización de pesos y contrapesos que garanticen el balance informativo.
También se ha vuelto común la mezcla impropia de géneros en donde notas que se suponen informativas, además de carecer de fuentes, incorporan juicios de valor propios del género de opinión.
Los titulares engañosos y las noticias falsas, ya sea por negligencia o perversión, son cada vez más usuales.
En casos más extremos existen medios capaces de "fabricar noticias" con el fin único de “sacarse un clavo” o se dan a la tarea de desprestigiar o atacar a funcionarios públicos con el claro propósito de provocar su caída.
Por otra parte, el ciudadano común no tiene la menor posibilidad de defenderse del periodismo infame y perverso, que como podemos verificar a diario, existe, y no solo perjudica al diario La Nación y sus accionistas.
Ningún medio de comunicación nacional ha tenido la voluntad de incorporar la figura del "defensor del lector" como un instrumento de sana autocrítica y fiscalización de sus procedimientos periodísticos. Tampoco hacen públicos sus códigos de ética como señal de transparencia ante sus lectores, televidentes o radioescuchas.
Lo peor de todo es que hay una idea generalizada, promovida por los mismos periodistas y medios de comunicación, de que cualquier señalamiento de las prácticas malsanas de los comunicadores son un ataque a la libertad de expresión y prensa.
Los medios, como cualquier otra empresa o institución, y los periodistas como tales, debemos estar dispuestos a ser sometidos al escrutinio público.
Todos estamos de acuerdo en defender la libertad de expresión y a los medios de comunicación como pilares de nuestra sociedad.
Eso no implica, sin embargo, tener que callar ante el periodismo perverso e infame.
No lo hizo La Nación, y tampoco deberíamos hacerlo nosotros.

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