En setiembre del
2015 el mundo reaccionó conmocionado ante la fotografía de un niño inmigrante
ahogado frente a las costas de Turquia. Aylan Kurdi,
sirio-kurdo de tan solo tres años de edad, murió al naufragar el bote en el cual huía
con sus padres y hermano hacia Grecia.
La imagen
captada por la fotógrafa turca Nilufer Demir le dio rostro a millones de
refugiados y provocó que gente de todo el planeta reaccionara indignada. Las redes
sociales, sin duda, ayudaron a amplificar el efecto emocional de la fotografía,
la cual fue compartida millones de veces.
Hubo
caricaturas, ácidos debates de si la foto debió o no ser publicada, y ríos de
tinta corrieron sobre el tema. Después, lo inevitable: el olvido.
En tiempos de
sobreinformación, las noticias, por más impactantes que sean, tienen una fecha
corta de expiración.
Tragedias de
toda índole, actos terroristas, desastres naturales, casos de corrupción,
escándalos sexuales... todo, absolutamente todo se agota casi al instante para dar
paso a la siguiente novedad noticiosa.
La indignación
mediática ante estos sucesos suele ser muy selectiva.
Somos capaces de
manifestar horror y furia por la muerte de un solo infante, pero si leemos en
un artículo periodístico que más de tres millones de niños mueren cada año por desnutrición,
el asunto parte sin novedad.
La dictadura de la imagen
El niño en la
playa nos hizo reaccionar airadamente contra el trato que los europeos daban a
los refugiados, pero cuando los inmigrantes tocan a nuestra frontera el
sentimiento es otro.
Nos mostramos sordos e
insensibles ante el llanto de los niños africanos que abandonados a su suerte pasan días y noches con sus desesperadas familias en Paso Canoas, sin entender qué hacen ahí, ni por qué carecen de hogar, calor y comida.
Proclamamos emotiva solidaridad con las víctimas de un ataque terrorista, según sea la bandera del país afectado, pero
la violencia contra nuestros indígenas y campesinos nos resulta distante y ajena.
Enojos y
sentimientos se mueven a ritmo de masa y luego se deshacen y evaporan como un
cubo de hielo en el pavimento.
Subordinados
como estamos, ante las omnipresentes pantallas, solo somos capaces de responder
a los estímulos audiovisuales, mientras nos dure el asombro.
No hay tiempo para
la reflexión, ni para profundizar. Mucho menos para tratar de entender lo que
sucede en nuestro entorno: causas, razones, implicaciones, pronósticos…
Decía Sartori en
su Homo Videns que el individuo se puede asfixiar en Internet y por Internet.
Que disponer de
demasiada oferta hace estallar la oferta y así, inundados de mensajes, podemos
llegar a ahogarnos en ellos.
Flotamos inertes en un mar de noticias fragmentadas al punto de confundir el abotagamiento mediático con la sensación de estar informados.
La vida misma se
nos hace una suerte de telediario de 24 horas. Un suceso por
aquí, un escándalo por allá, chisme de farándula por
aquí, video viral de Youtube por allá…
Y cuando uno cree acercarse a la realidad
¡zaz! como reza la frase de una canción de Bacilos que no fue muy popular en
la radio (por razones obvias), otro comercial vuelve a anestesiarlo todo.
Y así nos vamos.
Hasta la próxima indignación.
